Dos Argentinas: el país que exporta y el país que se queda sin trabajo.

Por Néstor Grindetti

Introducción

El rumbo actual de la política económica argentina está dibujando, de manera cada vez más nítida, un mapa dividido en dos grandes zonas con destinos opuestos. Por un lado, una Argentina que produce divisas y crece al calor de la minería, la energía y el agro: el litio y el cobre del NOA y Cuyo, Vaca Muerta y la cuenca energética patagónica, y la llanura pampeana con su agroindustria de escala mundial. Por el otro, una Argentina que ve apagarse sus fábricas y talleres: el conurbano bonaerense y un arco que se extiende por Entre Ríos, Corrientes, Chaco y Misiones, históricamente sostenido por la industria manufacturera y las economías regionales, hoy golpeado por cierres, suspensiones y una desocupación que crece sin freno a la vista.

La hipótesis que quiero desarrollar es simple de enunciar y grave en sus consecuencias: estas dos Argentinas no solo van a crecer a ritmos distintos, sino que la primera zona no tiene capacidad estructural para absorber la mano de obra que la segunda va liberando. Si eso es así, no estamos frente a un problema coyuntural de “ajuste” que se resuelve con el tiempo, sino frente a una reconfiguración territorial y social de fondo.


La Argentina que genera riqueza

El modelo que impulsa la actual política económica apuesta a los sectores donde el país tiene ventajas comparativas indiscutibles: recursos naturales con demanda internacional sostenida. La minería de litio y cobre, con proyectos de inversión multimillonaria en Catamarca, Jujuy, Salta y San Juan; la energía, con Vaca Muerta como emblema y la promesa de convertir a la Argentina en exportador neto de gas y petróleo; y el campo, que sigue siendo el motor cambiario del país y que además viene incorporando tecnología y escala a un ritmo que multiplica la producción sin multiplicar en la misma medida el empleo.

Estos tres sectores comparten una característica central para el argumento que quiero plantear: son intensivos en capital, no en trabajo. Una planta de GNL, un yacimiento minero de última generación o un campo de siembra directa con maquinaria de precisión generan divisas y rentabilidad extraordinarias, pero muy poco empleo por unidad de inversión, y ese empleo, además, suele requerir calificaciones técnicas específicas que no están distribuidas de manera pareja en el territorio. Se trata de enclaves productivos: generan riqueza en un punto geográfico determinado, pero esa riqueza no necesariamente derrama en forma de puestos de trabajo hacia el resto del país. Puede derramar en divisas, en superávit comercial, incluso en recaudación fiscal, pero no en la cantidad de empleos que una economía como la argentina necesita para absorber a su población activa.


La Argentina que se desindustrializa

En el otro extremo del mapa está la Argentina industrial clásica: el cordón fabril del conurbano bonaerense, con sus PyMEs metalúrgicas, textiles, autopartistas y de consumo masivo, y un arco de provincias del litoral y el nordeste — Entre Ríos, Corrientes, Chaco, Misiones— que combinan industria liviana, agroindustria regional y economías de subsistencia con alto componente de empleo informal.

Esta Argentina viene sufriendo un combo letal: apertura importadora sin gradualismo, caída del consumo interno, tasas de interés que licuan el capital de trabajo de las PyMEs, y una competencia externa —particularmente asiática y brasileña— contra la que buena parte del entramado productivo nacional no está en condiciones de competir sin algún tipo de esquema de transición. El resultado ya es visible en los indicadores sectoriales: cierres de líneas de producción, suspensiones, achicamiento de turnos y una caída sostenida del empleo registrado industrial. Y lo que se cierra en esta Argentina no son enclaves aislados, sino tramas productivas densas, con múltiples proveedores y encadenamientos locales, cuyo cierre no afecta a una empresa sino a decenas de ellas y a los pueblos y barrios que dependen de esa cadena.


Por qué la primera zona no puede absorber a la segunda


Acá está el núcleo del problema. Podría pensarse que, si una parte de la economía crece con fuerza, tarde o temprano va a “tirar” del resto y absorber a los trabajadores que van quedando afuera de la industria. La evidencia estructural indica lo contrario, por al menos cuatro razones:

Primero, la intensidad de capital de los sectores ganadores. Como señalé, minería, energía y agro moderno generan mucho producto con poco empleo directo. El “efecto derrame” en materia de puestos de trabajo es mucho menor al que tuvo, por ejemplo, la industrialización sustitutiva del siglo pasado.

Segundo, la distancia geográfica. Los yacimientos de litio están en la Puna, Vaca Muerta está en Neuquén y Río Negro, y la frontera agrícola de punta está en el centro del país. Un metalúrgico de Lanús o un empleado textil de Chaco no puede, de un día para el otro, mudarse a trabajar a un yacimiento minero a 1.500 kilómetros de su casa, ni tiene la calificación técnica que ese empleo exige.

Tercero, la brecha de calificaciones. Los empleos que generan estos sectores en expansión son mayoritariamente técnicos y especializados —operarios de maquinaria pesada, técnicos en hidrocarburos, ingenieros, agrónomos con manejo de tecnología de precisión—, mientras que buena parte de la mano de obra industrial desplazada tiene una calificación orientada a procesos manufactureros que no es directamente transferible.

Cuarto, los tiempos. Los grandes proyectos mineros y energéticos maduran en cinco, diez o quince años, mientras que el cierre de una fábrica deja gente en la calle en cuestión de semanas. La asimetría temporal entre la destrucción de empleo industrial y la creación de empleo extractivo agrava el problema en el corto y mediano plazo, que es precisamente el horizonte en el que viven las familias afectadas.


Consecuencias de la fractura

Si esta lectura es correcta, las consecuencias no son solo económicas sino sociales y políticas. En lo inmediato, un excedente de fuerza de trabajo que no encuentra reabsorción tiende a volcarse hacia la informalidad, el subempleo o directamente hacia la asistencia estatal, con la paradoja de que el mismo esquema económico que genera ese excedente suele proponer, al mismo tiempo, una reducción del gasto social destinado a contenerlo.

En el mediano plazo, se profundiza una migración interna hacia los enclaves productivos —ya se observa en las provincias mineras y en la cuenca de Vaca Muerta— que genera presión habitacional y de servicios en ciudades que no estaban preparadas para ese crecimiento poblacional, mientras que las zonas expulsoras entran en un círculo de despoblamiento relativo, caída del consumo local y deterioro de sus economías municipales.

Y en el plano político, una Argentina partida en dos —una que exporta y crece, y otra que se desindustrializa y se empobrece— alimenta una polarización territorial que se suma a la ya existente polarización ideológica. No es un dato menor que las zonas más golpeadas por el cierre industrial coincidan, en buena medida, con distritos de alta densidad electoral. La tensión entre el “país que rinde” y el “país que sobra” tarde o temprano se traduce en el sistema político.


Reflexión final

Ninguno de estos sectores es “malo” en sí mismo: la minería, la energía y el agro son y seguirán siendo pilares genuinos de generación de divisas para la Argentina, y su desarrollo es deseable. El problema no es que crezcan, sino que el esquema de política económica los trate como si fueran suficientes por sí solos para sostener el empleo nacional, sin una estrategia deliberada de transición para los sectores y regiones que quedan del otro lado de la grieta productiva.

Esa estrategia debería incluir, como mínimo, políticas activas de reconversión laboral, incentivos fiscales diferenciados para sostener el entramado PyME durante la transición, inversión en infraestructura que acorte las distancias entre las economías regionales y los polos de crecimiento, y un esquema de apertura comercial gradual que no exponga de manera abrupta a sectores que, con tiempo, podrían adaptarse. Sin ese puente, el resultado más probable no es una Argentina más rica en su conjunto, sino una Argentina más rica en algunos puntos del mapa y sensiblemente más pobre y más desocupada en la mayoría de su territorio poblado. Esa es, a mi juicio, la verdadera grieta que se viene: no la de siempre, entre relatos políticos, sino una nueva, trazada con la regla de la geografía económica.

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